Entras en cada habitación con los brazos abiertos un palmo más de lo que cabe por la puerta. Júpiter, esa parte de ti que ensancha el pecho y dice que sí antes de pararse a medir, se posa en el grado exacto del horizonte por donde asciendes en tu carta, esa primera piel con que llegas al mundo. Entre el gesto de aparecer y el impulso de agrandarlo todo no media un palmo: cuando saludas, ya estás corriendo el sofá para que quepa uno más. La gente te calibra de lejos como alguien que trae buen tiempo bajo el brazo, y rara vez se equivoca, porque tu generosidad no es un adorno que te cuelgas, es la forma misma del quicio por el que sales a recibir.