Lo indomable de ti viaja en la misma cara con que sales a encontrarte con el mundo. Lilith, la Luna Negra, ese punto calculado en el apogeo de la órbita lunar donde acampa lo que no se deja domesticar, cae sobre el grado exacto del horizonte que asciende en tu carta. Así que lo salvaje y la primera piel con que llegas comparten lugar, pegados, sin un pasillo entre ambos. Quien te ve aparecer capta algo que no anda pidiendo permiso, una negativa vieja a dejarse amansar puesta en el mismísimo gesto de llegada. No es pose ensayada ante el espejo: es la parte de ti que mandaste al exilio asomándose a la puerta sin pedir disculpas por seguir viva.