La puerta por donde entras y la cima a la que subes asoman casi por la misma rendija. El horizonte que asciende en tu carta, esa primera piel con que llegas a cada habitación, cae casi sobre el meridiano por donde despunta tu vida pública, esa dirección visible que tu trabajo señala. Cómo apareces en el umbral y hacia dónde trepa lo que haces de cara a todos ocupan grados pegados, sin un pasillo largo de por medio. No hay misterio en ello: lo primero que el mundo lee en ti y el rumbo que persigues salen casi por la misma boca, así que quien te ve llegar ya barrunta, sin que se lo cuentes, hacia dónde apunta tu paso.