Entras como se cuela la niebla por debajo de la puerta, sin que nadie acierte a fijar tu contorno. Neptuno, esa bruma que disuelve los bordes y deja pasar el sueño, se posa en el grado exacto del horizonte por donde asciendes en tu carta, esa primera piel con que llegas al mundo. Entre lo difuso y la aparición no media distancia: al cruzar el umbral, tu figura se vuelve pantalla donde los demás proyectan lo que quieren ver en ti. La gente te calibra de lejos como alguien escurridizo y suave, difícil de retener en una sola imagen. El velo y el modo de mostrarte comparten un solo punto, así que llegas siempre un poco entre dos aguas, ni del todo aquí ni del todo allá.
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