Aprietas el paso hacia la puerta y el suelo cruje en diagonal bajo tus pies. Marte, ese ariete que embiste de frente, tira en ángulo torcido contra el umbral por donde apareces en tu carta, y la fricción salta en chispa. Cuando quieres entrar con decisión, algo en tu primera piel se atraviesa, y la prisa se te vuelve aspereza antes de que llegues a elegirlo. De ese rozar terco se forja un temple: aprendes a meter el filo donde de verdad sirve y a no astillar cada saludo de buenas a primeras. La fuerza, aquí, no te la regalan, la templas golpe a golpe contra el marco que se planta y se resiste a abrirse.
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