Quieres entrar ligero y un peso en los hombros te frena el paso, agarrotándote el saludo. Saturno, ese hueso que limita y mira de reojo, tira en ángulo torcido contra el umbral por donde apareces en tu carta, y el roce deja rigidez. Cuando intentas presentarte con holgura, algo se contrae y sales rígido o cohibido, como si pidieras permiso para ocupar tu propio quicio. De ese rozar se forja una estructura: aprendes a sostener la mirada, a dejar que el límite cruce la puerta sin que te conviertas en estatua. La presencia, aquí, se gana a pulso, año tras año, limando la rigidez contra el marco hasta que el muro deja de ser muro y se vuelve columna.