Quieres entrar como todo el mundo y un calambre te recorre el brazo justo al tender la mano. Urano, esa descarga que rompe los patrones, tira en ángulo torcido contra el umbral por donde apareces en tu carta, y el roce deja un chisporroteo. Cuando intentas presentarte de forma corriente, algo salta a destiempo y sales abrupto o desconcertante, sin haberlo elegido. De ese rozar se afina una rareza propia: aprendes a domar el voltaje, a dejar que lo distinto cruce el quicio sin electrocutar el saludo. La libertad, aquí, se gana a tirones, dejando atrás los moldes que aprietan hasta que el chispazo deja de ser tropiezo y se vuelve estilo en la puerta.