Tu modo de entrar por la puerta y tu hambre de horizonte se encaran desde orillas opuestas del eje. Júpiter, ese fuelle que infla los planes y promete tierras más anchas, queda enfrentado al umbral por donde apareces ante los demás en tu carta. Cuando llegas contenido, algo grande tira desde el otro cabo pidiendo aire; cuando te abres de par en par, la primera piel reclama que te ajustes la talla. Los dos extremos se exigen cuentas en cada presentación, y tú vives en el filo donde la promesa y la mesura se disputan el saludo. Aprender a aparecer es, para ti, regatear sin tregua cuánto cielo cabe de verdad por el quicio sin que reviente el marco.
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