Hay una caracola en la repisa del recibidor, y al arrimar el oído te llega el mar. Neptuno, esa sensibilidad que capta lo invisible y el sueño que todos comparten sin decirlo, tiende un buen ángulo al horizonte por donde asciendes en tu carta. No suena por su cuenta: depende de que tú decidas afinar el oído, de que dejes asomar a conciencia esa hondura al cruzar el umbral. Cuando lo haces, tu modo de aparecer gana un misterio amable, una compasión que quien tienes cerca percibe sin saber de dónde le llega. Lo sutil queda disponible como esa caracola junto a la puerta, a la espera de que la tomes para llegar al mundo con más alma y menos ruido encima.