En los teatros pequeños que se sostienen con dos lámparas y una banda en vivo hay siempre un actor cuya entrada cambia la temperatura de la sala; no hace falta que mueva un gesto grande, basta su modo de pisar el tablado para que el público entero se incline hacia adelante. Con el Descendente en Leo, esa es la presencia que te llama. El Sol asoma aquí por tu cara relacional, y por eso quien se queda contigo como cómplice principal suele traer una luz visible, un calor que se te pega después de las cenas largas, una generosidad que no se avergüenza de sí misma. La pareja, la amistad fuerte, el socio que importa aporta brillo y una capacidad de celebrar sin pedir perdón por celebrar. Lo que los une es compartir escenario, no turnarse el foco. Lo que se te enreda no es que elijas gente vistosa, como acusan. Es cuando el brillo del otro se vuelve tu centro y empiezas a depender de su luz para sentirte visible en la sala, como si sin su foco encendido tú no estuvieras. Tu trono también está ahí, vacío, esperándote. Aprende a ocupar tu sitio junto al otro luminoso sin dejar el tuyo a oscuras. Una luz compartida solo brilla de verdad cuando hay dos focos encendidos, no uno alumbrando y otro mirando.