Quirón, ese punto donde el dolor se hizo maestro, se cruza de costado con la Parte de la Fortuna, ese lugar calculado entre Sol, Luna y horizonte y nunca una promesa de dicha. Noventa grados los enfrentan en cruz: justo al soltar el aire en terreno llano, la cicatriz se gira y te tuerce el gesto. Lo que querrías disfrutar y lo que aún escuece muelen el uno contra el otro, sin terminar de cuadrar. El respiro siempre llega con un nudo dentro. Pero de ese forcejeo, a fuerza de rozar, sale algo: una calma que ya no finge no haber dolido, ganada a pulso justo donde más cuesta. En la casa donde se traban, el alivio te lo trabajas, no te lo regalan.
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