Hablas de horizontes y la voz te sale cojeando un poco, como quien señala lejos apoyado en un bastón. Quirón y Júpiter ocupan el mismo grado en tu carta: la lesión que aprendió a enseñar y la fe que ensancha son un solo oficio, indistinguibles en cada frase de aliento que das. Por eso cuando animas a alguien convence: hablas desde la grieta, no desde el folleto. Tu esperanza huele a barro recorrido, y la gente lo nota antes de entenderlo. Acompañas bien a quien busca sentido porque ya pisaste ese tramo descalzo. La trampa es predicar tan ancho que la propia cojera, la que te volvió sabio, quede tapada bajo el sermón.
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