En tu cocina siempre hay un plato de más en el fuego, por si alguien aparece, y casi siempre alguien aparece. Es que Júpiter te tocó la casa 4, la cocina del alma donde late el pulso ancestral bajo el suelo, y la expansión se queda a vivir en tu hogar: las puertas anchas, la mesa que estira, la familia que se mezcla con quien pase por allí. Te sientes más tú con la casa llena, con voces de fondo, con gente entrando y saliendo, y el silencio de una casa vacía te pesa más de lo que admites. Por eso a veces llenas el hogar no por gusto sino por miedo a quedarte a solas contigo. Ahí está la lección. Una casa siempre abierta puede ser hospitalidad de verdad o puede ser un escudo contra el propio eco. Aprende a cerrar la puerta algunas noches y a habitar tu espacio sin público, a estar bien contigo entre estas paredes que tanto sabes llenar. Tu manera de hacer hogar es un don raro. Que también sea un sitio donde tú descansas, no solo donde otros se sientan a comer.