Sueltas una frase que abarca medio horizonte y al levantar la vista descubres que los pies ya te llevaron a otra parte. Júpiter quiere la visión grande; Marte, en la otra punta del eje, ya va corriendo, y los dos se miran sin entenderse. Planeas de más y la impaciencia te hierve. Actúas a secas y te quedas sin mapa, andando rápido hacia ningún sitio. Lo que aprendes con el tiempo no es callar a uno, sino dejar que se hablen: la ambición pone el horizonte, las piernas lo cruzan. La fe sin músculo se cuaja en discurso. El músculo sin fe se gasta en mil mandados pequeños. Ninguno de los dos sobra.
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