Lilith, la Luna Negra, ese punto calculado en el apogeo lunar donde vive lo que no se deja domesticar, se cruza de costado con el Nodo Sur, ese eje calculado que marca el terreno familiar que te toca soltar y no un astro con cuerpo. Noventa grados los traban en cruz: justo cuando repites el gesto conocido, lo indómito se gira y muerde el movimiento. La parte que se niega a amansarse y la costumbre vieja muelen una contra otra, sin encajar. La fiera y el hábito se rozan a contrapelo. Pero de ese forcejeo sale el día en que sueltas el suelo gastado y dejas correr a lo salvaje. En la casa donde se traban, la costumbre le aprieta la correa a la fiera, hasta que la sueltas.