Quirón, ese punto donde el dolor se hizo maestro, se cruza de costado con Lilith, la Luna Negra, ese punto calculado en el apogeo lunar donde vive lo que no se deja domesticar. Noventa grados los traban en cruz: justo cuando la llaga pide cuidado tierno, lo indómito se gira y muerde el gesto. La parte que quiere sanar despacio y la que se niega a amansarse muelen una contra otra, sin encajar nunca del todo. El dolor antiguo se te vuelve aspereza en la boca. Pero de ese forcejeo, a fuerza de rozar, sale una manera de curarte que no entrega los dientes a cambio de paz. En la casa donde se traban, sanas sin domesticarte.