Quirón, ese punto donde la herida se hizo maestra, llega a ciento veinte grados de Lilith, la Luna Negra, ese punto calculado en el apogeo lunar donde vive lo que no se deja amansar. Lo que un día te partió ya viene integrado en la corriente de lo salvaje, sin que tengas que defenderlo ante nadie. Tocas la cicatriz y la fiera responde al instante, las dos del brazo en la misma agua. La marca vieja y el colmillo se entienden sin discutir. En esa parte de tu carta curar no rivaliza con tu filo: el dolor antiguo madura en un colmillo sereno, una entereza que ni pide mansedumbre ni la finge para caer simpática.