La Luna cruza tu eje en escuadra, rascando el Nodo Sur, y ese chirrido sordo vuelve cada vez que corres a buscar abrigo. El refugio que ya dominas tira hacia dentro, el eje empuja en ángulo hacia fuera, y de esa pugna esquivas el paso replegándote. Has pagado caro consolarte en lo conocido en lugar de arriesgar el rumbo. La presión te abre paso despacio, como la raíz que parte la acera buscando aire. Entiendes que la seguridad heredada no alcanza, que hay un giro pidiendo intemperie. Algo firme nace cuando dejas de correr al nido y sostienes la emoción que el paso nuevo despierta.