Quieres una casa que te dé cobijo y a la vez necesitas que tiemble un poco antes de convertirse en jaula. La Luna y Urano se cruzan en ángulo recto en tu carta: la necesidad de constancia emocional muele contra el impulso de romperlo todo y empezar de nuevo. Todo está en calma y te aterra adormecerte en ella. Algo se rompe y te pierdes de tu propio mapa interno. Esto lo pagaste en vínculos donde alternaste temporadas de calma absoluta con saltos que asustaron a la otra persona tanto como a ti. Has aprendido a airear la casa sin incendiarla cada vez. Hay ventanas para eso. Tras varios incendios innecesarios diste con el cambio sostenible, el que no necesita un derrumbe para sentirte vivo.
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