La marea sube de un lado mientras la cumbre de tu carta apunta al contrario. La Luna, ese oleaje de lo que necesitas para sentirte a resguardo, queda enfrentada al meridiano por donde sube tu vida pública, la cara que tu trabajo da al mundo. El ánimo y la cima visible se reclaman cuentas de cabo a cabo: cada vez que muestras lo que haces, algo enfrente tira de lo que sientes y te obliga a mirarlo de cara. La emoción y el lugar donde te enseñas no acaban de coincidir solos. Vives en ese vaivén entre lo que el corazón pide por dentro y lo que de verdad asomas al mundo, achicando agua para que la marea no te inunde la cara pública en cada presentación.
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