Aprietas el paso y el suelo cruje en diagonal bajo la cumbre de tu carta. Marte, ese ariete que embiste de frente, tira de costado contra el meridiano por donde sube tu vida pública, la cara que tu trabajo da al mundo. El impulso y la vocación se cruzan de través, y el roce salta en chispa: cada vez que arremetes, algo en tu camino visible se atraviesa y la prisa se te vuelve aspereza antes de que la elijas. De ese rozar terco se forja un temple: aprendes a meter el filo donde de verdad sirve y a no astillar cada paso público de buenas a primeras. La fuerza, aquí, no te la regalan, la templas golpe a golpe contra el límite que se planta y no cede.