Tomas la palabra en una reunión donde nadie te la dio, dices lo que hay que decir, y lo curioso es que nadie protesta porque parecía que te tocaba. La casa 10 reúne la vocación y la cara pública, el trabajo que el pueblo recuerda y la forma que talla la carrera; con Marte ahí tu fuerza se vuelca en construir un nombre: la ambición de llegar, la voluntad de subir por escaleras propias, el impulso de dejar una marca que se vea. Te cuesta quedarte en el segundo plano, y compites incluso cuando nadie te ha retado, porque hay en ti un motor que mide su valor por lo que logra a la vista de todos. Esa ambición es legítima y es un don cuando la diriges. Pocos empujan una meta con tu firmeza ni se hacen un sitio con tu determinación. Pero la cima tiene un frío conocido. Si todo el oficio se vuelve pelea por el primer puesto, llegas arriba y te encuentras solo. La fuerza te rinde mejor en una vocación que de verdad la merezca que en cualquier escalera a mano, y la cima se habita distinto cuando delegas y construyes con otros. Vale la pena mirar si el camino lleva a un lugar que de verdad quieras habitar antes de gastar tanto fuego en subirlo.