Cuando el día te pasa por encima, llegas a casa y mueves un mueble de sitio, como si reordenar el espacio fuera la única forma de soltar lo que traes en el pecho. Hablamos de la casa 4, la de las raíces y el hogar interior, esa cocina del alma donde late el pulso de los tuyos; ahí aterrizó tu Marte, y por eso tu fuerza se mete en lo doméstico: la energía con que proteges a tu gente, la inquietud antigua que heredaste sin pedirla, el calor que enciendes entre cuatro paredes. Por dentro siempre hay una brasa viva en el cimiento, y los que viven contigo notan cuando sube de temperatura aunque no digas nada. Eso guarda un don. Nadie defiende a los suyos con la lealtad feroz que tú tienes cuando algo amenaza tu nido. El riesgo va pegado: lo que no pudiste pelear afuera tiende a descargarse en casa, y entonces los tuyos pagan un cansancio que no provocaron. El hogar te sienta mejor como territorio que se cuida que como cuadrilátero donde sueltas la tensión del mundo, y ese fuego rinde de verdad cuando construye, repara con las manos, le da forma al lugar. No es mal genio lo que arde ahí dentro. Es la raíz pidiendo terreno propio.