El pie quiere salir a la carrera y el tobillo te recuerda que pidió caminar tres días antes de competir. Marte arde por empezar; Saturno, plantado enfrente, mide cada paso con la mano en el freno. Arrancas y te culpas por no haber aguardado. Aguardas y te quemas por dentro mientras la ocasión pasa de largo. A veces revientas tras haberte contenido de más, y otras te detienes justo cuando tocaba arrancar. Tarde o temprano pactas con tu propio cuerpo. La paciencia bien medida multiplica el golpe. La fuerza sin paciencia se astilla al primer impacto. Ninguna de las dos es tu enemiga, aunque por dentro suenen a pelea.