El cuerpo se te dispara hacia la salida y, en el umbral, algo hondo te pide quedarte un segundo más para reconocerte antes de irte. Marte empuja la acción; el Sol, enfrente, quiere posarse y saber quién está actuando. El músculo y el espejo. Corres y te pierdes de vista. Te paras a mirarte y te impacienta no estar ya en marcha. Vives la tensión de ser alguien muy activo que a ratos no se reconoce en lo que hace. Lo que el tiempo te enseña es a saludarte antes de cada arranque. Mírate medio segundo. Luego corre. La acción que sabe de quién sale vale por dos.