Las primeras emisoras de radio aficionada, las que los técnicos armaban en sus garajes a finales de los años cuarenta, no competían con las grandes cadenas: buscaban a las dos o tres personas al otro lado del país que sintonizaban esa misma frecuencia rara, la que nadie más oía. Tienes el Medio Cielo en Acuario, y emites así. Saturno y Urano rigen aquí tu cara pública, y por eso tu trabajo no nace del consenso sino del ángulo lateral: ves las costuras de los sistemas que el resto lleva puestos como si fueran piel, y lo que te ubica es nombrar eso que los demás pisaban sin mirar. Te encuentran en la innovación, la ciencia, la tecnología, la organización colectiva, los sitios donde pensar distinto sirve más que cumplir. La gente te recuerda como diferente sin saber muy bien explicar por qué. Lo que se te enreda no es la rareza, que es tu aporte. Es la distancia que se disfraza de perspectiva: te alejas tanto para ver bien la sala que después ya no sabes entrar en ella con el cuerpo, y observas desde un balcón al que nadie te invitó a subir. Tu mirada lateral vale más al lado de otros que por encima de ellos. Acércate a tu trabajo, métete en la sala, sin perder ese costado raro que es justo lo que viniste a aportar.