Un imán tira desde el lado opuesto justo cuando apuntas a la cumbre de tu carta. Venus, esa parte que busca agradar y fundirse con el otro, queda enfrentada al meridiano por donde sube tu vida pública, la cara que tu trabajo da al mundo. El gusto y la cima visible se reclaman cuentas de cabo a cabo: cada vez que muestras lo que haces, algo enfrente te pide complacer y te obliga a ver dónde acaba el agrado y empieza tu criterio. El encanto y el lugar donde te enseñas no pactan solos. Vives en ese pulso entre las ganas de caer en gracia y lo que de verdad asomas, calibrando cuánto de ti entregas, en una cara pública hecha de afecto que se reclama cuentas.
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