Le hablas a quien te importa y la frase ya sale enamorada antes de que tú elijas el verbo. La palabra que afina y el afecto que cuida son en ti un mismo clima, trígono de Mercurio y Venus, y tu lengua acaricia sin perder un gramo de puntería. Donde la palabra debe convencer con ternura, ahí floreces: la venta de tú a tú, la mediación, la escritura amorosa, la enseñanza que arropa. La gente cierra contigo conversaciones que la dejan un poco mejor de como llegó. El motor anda solo, y ahí asoma el riesgo: te apoyas en el encanto verbal y dejas que vaya sin sustancia debajo. La palabra dulce merece contenido que la respalde.