Te despiertas con la certeza de haber estado en otra parte y esa sensación tarda media mañana en soltarte, como ropa que se quedó húmeda. Neptuno está aquí en su propio cuarto detrás del cuarto, en el borde del sueño, en lo que la luz del día olvida, y aquí se siente en casa: lo invisible es tu idioma materno, la disolución es el agua donde nadas sin esfuerzo, lo que otros llaman misterio para ti es simplemente la temperatura del aire. Percibes corrientes que nadie nombra, entras en cuartos vacíos y sabes lo que pasó allí, y a veces no distingues si una emoción es tuya o la pescaste del ambiente. Vivir tan cerca del borde tiene su factura. Cuando todo lo importante ocurre en el sueño y en lo no visto, el día de fuera se queda como una cáscara que cumples por inercia. Y lo que se te concede es de lo más raro que hay: tienes una línea directa con lo que casi nadie alcanza a sentir. Trae al mundo de fuera algo de lo que conoces en lo oculto. Medita con un horario, escribe lo que sueñas, ayuda sin desaparecer del todo en quien ayudas. Tu cercanía con lo invisible se vuelve tesoro cuando le das un canal para hablarle al día.