La casa de tu infancia se te ha quedado en la memoria como una acuarela que alguien dejó bajo la lluvia, los colores corridos, una habitación que no sabes si existió. Eso es Neptuno asentado en la cocina del alma, en el pulso ancestral que late bajo el suelo de quien eres, y por eso tus raíces tienen los bordes blandos: la familia se te aparece idealizada o ausente, y a veces ni tú distingues el recuerdo del cuento que te contaron. Vuelves al hogar de origen y no es el que guardabas, porque el que guardabas nunca fue del todo el de fuera, sino el que tu nostalgia siguió pintando. Algo se pierde por el camino. Cuando el pasado siempre gana al presente, te cuesta echar raíces aquí y ahora, y tu casa de hoy queda a medio habitar. Pero hay un tesoro escondido en esa porosidad: sabes hacer de un cuarto un refugio, sabes que un hogar es atmósfera antes que muebles. Construye el tuyo a propósito. Pon un ritual en la mesa, una luz cálida, un olor que sea tuyo. Honra a los que ya no están sin volverlos perfectos. Tu raíz de niebla puede sostenerte si la tocas con realismo además de ternura.