Una balanza enorme cuelga de los dos extremos del cielo lento: en un platillo la bruma que lo deshace todo, en el otro el peso enterrado que exige cambiar de forma. Esta oposición no dibuja carácter individual. Tensa un eje que cruza a una generación entera, y ningún polo se sostiene sin el de enfrente tirando en sentido contrario. La casa que ocupa, con los planetas tuyos que la tocan, marca dónde te llega a ti el tirón. Ahí el reto que te toca es no dar la espalda a la bruma para refugiarte en el abismo, ni al revés: vivir las dos exigencias sin elegir la que pesa menos. La balanza solo se aguanta tirante.