Dos faros se miran desde extremos opuestos del cielo lento, cada uno apuntando justo al ojo del otro: aquí la bruma que difumina, enfrente el rayo que parte de golpe. Esta oposición no retrata a quien la trae. Tensa un eje que recorre a una generación entera, donde el sueño solo existe porque hay un corte mirándolo de frente, y al revés. La casa que ocupa, con los planetas tuyos que la tocan, dice dónde se enciende en tu cielo. Ahí lo que te toca es hacer hablar a los dos faros a la vez, el que imagina la utopía y el que la rompe, sin clavarte en uno y apagar el de enfrente.