Tu identidad lleva aire alrededor, y ese aire afloja los hombros de quien entra a tu sala. El yo que tiene centro y la imaginación que disuelve los bordes son en ti un mismo clima, trígono de Neptuno y el Sol, y ser tú no te exige cantos duros ni codazos. Donde el carisma viene cosido a la humildad, ahí floreces: el arte, la enseñanza espiritual, la voz de una causa, un liderazgo más poeta que general. La gente recuerda tu presencia mucho después de olvidar tu currículum. Lo que puede fallarte no es la escasez. Es diluirte de más por miedo a afirmarte. Tu humildad también merece firma. Pon tu nombre.
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