Quirón, ese punto donde la herida se hizo maestra, se ofrece en buen ángulo al Nodo Sur, ese eje calculado que marca el terreno familiar de donde vienes y no un astro con cuerpo. A sesenta grados espera un suelo conocido al alcance, pero no te arrastra hacia él: hay que tender el brazo. Si recoges la vieja llaga cuando pisas lo de siempre, esa destreza antigua sostiene tu manera de curar con apoyo firme bajo los pies. La puerta queda entornada, no de par en par. Cada vez que arrimas el dolor al gesto conocido, la herida halla dónde descansar, y basta empujar un poco para que el suelo familiar te aguante mientras sanas.