Tu presencia entra a la sala con densidad propia, sin que tengas que actuarla. El yo que sostiene y la hondura que excava son en ti un mismo clima, trígono de Plutón y el Sol, y lo que eres atraviesa con nitidez a quien llega a conocerte. Donde la persona pesa más que el discurso, ahí floreces: el liderazgo con peso, la terapia, el cuidado intenso, la política con sustancia bajo las palabras. La gente te recuerda incluso después de cruzarse contigo cinco minutos. Lo que se gasta primero no es la fuerza. Es que el magnetismo te abre tantas puertas que te acostumbras a entrar por presencia y dejas la sustancia a medio hacer. El carisma con hueco detrás termina por vaciarse.