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Quiron en Aries

Hay un potro que se rompe una pata de joven y al sanar queda con una cojera leve, una asimetría en el trote. Los viejos domadores no lo descartan: lo ponen a la cabeza de la tropilla, porque ese caballo aprendió en el cuerpo dónde está el barro traicionero, y los más jóvenes cruzan el río pisando exactamente donde él pisa. La herida no lo apartó del oficio. Lo volvió el que enseña. Llevas un Quirón en Aries, y el centauro que lo habita aprendió su lección por el lado del arranque: algo temprano, alrededor del derecho a ir primero, a pedir, a ocupar tu sitio sin disculparte, te quedó sensible. A los demás arrancar parecía costarles nada; a ti te costaba una pequeña batalla interior cada vez. Y por eso mismo, hoy, cuando ves a alguien titubear en una puerta, no le hablas desde el manual. Le hablas desde adentro, porque conoces ese titubeo de memoria. Lo que pesa no es la vieja sensibilidad en sí. Es tomarla por tu nombre entero, llevar el titubeo como apellido y olvidar que el mismo centauro que cojea también galopa, y que su trote desigual es justo lo que sabe leer el terreno. Mira qué arranque pequeño puedes permitirte esta semana sin pedirle permiso a esa cojera vieja.