Una vela aún encendida a las tres de la madrugada, un cuaderno con una letra que solo descifras tú, una oración hecha más de respiración que de palabras. El Sol se te retiró a la casa 12, la del borde del sueño y del cuarto detrás del cuarto, de lo que la luz del día olvida, y por eso tu identidad vive en esa habitación interior donde te disuelves en algo más grande y vuelves un poco cambiado. De fuera casi nadie lo capta, pero es tu verdad: tu mejor versión no aparece bajo los focos sino en el silencio, en el retiro, en una vida interior que cultivas sin que nadie la vea. Esa hondura callada te da una autoridad que no necesita anunciarse. Su sombra es desaparecer del todo: diluirte en servir a los demás o en una fantasía cómoda hasta que tu propio contorno se borra y ya no sabes dónde acabas tú. Sigue teniendo perfil propio. Reserva un rato de cada día para una práctica que te recoja, contemplación, escritura, lo que te devuelva a ti. Sirve cuanto quieras, pero deja siempre una habitación interior cerrada con llave solo para ti.