Tienes una caja de monedas viejas, o algo que hace de caja, y cada moneda guarda la historia de un verano. Con el Sol asentado en tu casa 2, la de lo que el cuerpo posee y considera digno de conservar, tu sentido de quién eres descansa en lo que sostienes con las manos. Aquí va lo que de verdad te delata: te cuesta soltar lo que ya es tuyo, aunque haya dejado de servirte, porque tu cuerpo confunde lo que posees con lo que eres, y deshacerte de un objeto se te parece a amputar un trozo de historia. Bien llevado, eso te vuelve fiel a lo poco que de verdad importa, capaz de cuidar una cosa treinta años. Mal llevado, te llena la casa de lastre que defiendes como si fuera identidad. La salida no es tener menos: es saber qué te sostiene a ti y qué solo ocupa sitio. Repasa tus cuentas sin avergonzarte de mirarlas. Quédate con los objetos que aún te devuelven la mirada y deja marchar al resto sin duelo. Lo que construyas así, capa sobre capa, te dejará dormir tranquilo encima.