Un cajón cerrado con llave, una carta que escribiste y nunca enviaste, lo que el cuerpo hereda en secreto y no se dice en voz alta. El Sol descendió a tu casa 8, la del umbral y de la sombra, de lo que se comparte en lo hondo y de lo que se hereda sin pedirlo, y por eso tu identidad se asienta justo donde fallan las etiquetas fáciles. Hay algo en ti que cuesta poner en palabras: notas la tabla del suelo más fina antes que nadie, intuyes lo que la gente esconde, y por eso te buscan cuando llega lo grave y se alejan cuando todo es superficie. Ese radar para lo profundo es lo que te hace insustituible. Y trae su contrapeso, la intensidad sin salida: cada cierto tiempo la vida te pide dejar morir una versión tuya para que entre otra más honesta, y si te resistes, esa fuerza se te tuerce en control disfrazado de cuidado. Si la aceptas, la misma intensidad se vuelve capacidad de empezar de nuevo desde la raíz. No bajes solo a esos pozos cuando puedas evitarlo. Lleva testigos a los descensos, gente que aguante mirar contigo lo que encuentres ahí abajo.