Entras en una sala y algo en tu manera de moverte hace que la gente levante la vista, aunque no sepa por qué. Naciste con Urano en la casa 1, la casa del cuerpo y de la primera impresión, así que lo que en otros sería un saludo, en ti es un pequeño corte en lo previsible: un peinado que tu familia todavía no aprueba, un gesto que no copiaste de nadie, una postura que no termina de encajar en el molde de los que te rodean. Y se nota en el detalle físico: caminas distinto, te plantas distinto, ocupas el espacio con un ángulo que la gente recuerda aunque no sepa nombrarlo. La rareza, en ti, empieza en la piel y en cómo el cuerpo entra antes que las palabras. El problema asoma cuando ser diferente se vuelve la única prueba de que existes, y entonces te enredas en llevar la contraria por costumbre, sin descanso. Pero no hace falta vivir en guerra con lo previsible para seguir siendo tú. Sé raro desde dentro, por gusto y no por protesta. Quédate con tus señas propias y cámbialas cuando el cuerpo lo pida, sin pedir permiso. Tu manera de aparecer no es un disfraz. Es lo primero verdadero que el mundo conoce de ti.