Tu forma de presentarte y tu muro interior se encaran desde los dos cabos del eje. Saturno, esa parte que pone límites y pasa factura, queda enfrentado al umbral por donde apareces ante los demás en tu carta. Cuando llegas abierto, algo severo tira desde el otro extremo pidiendo cautela; cuando te muestras cerrado a cal y canto, la primera piel reclama que bajes el puente levadizo. Los dos cabos se exigen cuentas en cada encuentro, y quien tienes delante suele toparse antes con tu reserva que con tu calor. Vives en esa pulseada entre cómo apareces y el guardián que monta vela en la puerta, aprendiendo a golpe de experiencia cuándo abrir y cuándo dejar el cerrojo echado.