Una mano empuja el techo hacia el cielo mientras la otra clava los cimientos en el barro, y a ratos las dos no caben en el mismo gesto. Júpiter agranda la apuesta; Saturno, plantado enfrente, pide ladrillo y plomada. Sueñas en grande y te muerde la culpa de no estar consolidando. Consolidas y te resignas, como si tu visión hubiera sido cosa de críos. Pero un edificio sin techo soñado no merece cimientos, y un techo sin cimientos no aguanta el primer temporal. La salida es alternar a propósito. Hay semanas para soñar el plano. Hay meses para levantar lo soñado. Ninguno de los dos ritmos le falta al respeto al otro.
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