Tu puerta es un vestíbulo amplio con una luz cálida que da a la calle, y cuando se abre, el barrio entero registra el cambio. La gente te ve antes de mirarte: hay un modo de ocupar el espacio, de moverte, de reír, que llega como un anuncio que tú no escribiste. Naciste con el Ascendente en Leo, y eso te dio una primera capa que ilumina la entrada sin que tengas que encenderla. El Sol, tu regente, no te reparte vanidad. Te enseña que tu primer contacto con el mundo es luminoso por diseño, que llegas con una visibilidad que otros tienen que construir a pulso. Eso es regalo y también peso. Lo que los demás leen como teatro, en ti es generosidad: cuando entras, la sala se entibia, y la gente tímida se atreve a un poco más cerca de tu luz. Brillar nunca fue el problema, por mucho que te lo echen en cara. El problema asoma cuando confundes la atención de la sala con la confirmación de tu valor: dependes del aplauso para saber si tu vestíbulo sigue encendido, y te apagas por dentro en cuanto la habitación se vacía y nadie mira. Ahí tu luz deja de calentar y empieza a cobrar entrada. Está permitido brillar para los demás, es tu naturaleza, no la traiciones. Solo aprende a encenderte para ti al menos una vez al día, a solas, sin testigos que firmen que valía la pena: esa luz, la que no rinde cuentas a nadie, es la que sostiene a todas las otras.