Las hogueras pequeñas, las que se hacen entre amigos al final del día, piden algo que las grandes no necesitan: alguien que las atienda con cariño, que mueva los troncos cada tanto, que se siente cerca para que no se apaguen solas. Tu manera de sentir es esa hoguera. Llevas la Luna en Leo, y eso significa que tu corazón funciona como una pequeña estrella que necesita ser vista para no enfriarse, no por vanidad, sino por diseño. Cuando alguien te mira bien, te enciendes entero. Cuando te ignoran justo donde te dolía importar, el pecho se te encoge de un modo concreto que no sabes disimular. Quien mira de lejos lee necesidad de aplauso; de cerca es un sistema que da calor a manos llenas y, con la misma honestidad, pide que se lo devuelvan. No es que necesites público. Es que el afecto, para calentarte, tiene que llegarte a los ojos. El Sol, que rige aquí tu Luna, no te pide que actúes para nadie: te enseña que el trabajo es sostener la llama cuando nadie mira, porque ahí vive la verdad de tu fuego, no en la mirada de la sala. Te cuelgan el cartel de orgullosa y miran el sitio equivocado. Lo que te quema de verdad es confundir la mirada del otro con tu combustible: depender de que te vean para saber si sigues encendida, y apagarte en cuanto la habitación se queda vacía. Brillar para los demás es quien eres, no lo apagues. La hoguera, eso sí, pide que alguien la atienda también cuando no hay nadie alrededor: enciéndete para ti una vez al día, a solas, sin que nadie cerca confirme que valía la pena.