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Sol en Leo

Cuando un león adulto cruza la sabana al final de la tarde, no necesita rugir para que el resto de los animales lo registre: el aire cambia de densidad a su alrededor, y las gacelas levantan la cabeza unos segundos antes de verlo. Tú llegas a las salas con esa misma anticipación. Naciste con el Sol en Leo, en su propia casa, y eso te concede algo que pocos tienen: un centro luminoso que no necesita justificarse para existir. Cuando entras encendido, la sala se ordena alrededor de ti sin que hayas hecho un gesto grande. Cuando entras apagado, te oscureces hasta que nadie te encuentra, y eso a los demás les desconcierta porque a ti te creían incapaz de esconderte. El Sol, tu regente, no te pide que actúes para nadie. Te enseña que tu trabajo es sostener la llama cuando nadie mira, porque ahí vive la verdad de tu signo, no en el aplauso. Por eso tu generosidad caldea a quien se acerca: das luz, no la pides prestada. La trampa no es la vanidad, aunque sea lo primero que te cuelgan. Es confundir tu propia luz con el reflejo en los ojos del otro, depender de la mirada ajena para saber si sigues encendido, y apagarte en cuanto la sala se vacía. Aprender a verte como te miraría alguien que te quiere bien sin necesitarte es tu medida adulta. Brilla en público todo lo que quieras, esa luz es tuya y es buena. Solo enciéndete a solas al menos una vez al día, sin testigos que confirmen que vale la pena: esa llama, la que arde sin público, es la que sostiene a todas las demás.