Tu puerta abre con una pregunta antes que con una afirmación: qué necesitas, cómo estás, cuéntame. Antes de decir tu nombre o de ocupar tu sitio, ya hiciste sitio al otro. La gente entra a tu casa antes de que tú llegues a la sala, y se va con la sensación rara y buena de haber sido leída con cuidado. Naciste con el Ascendente en Libra, y eso te dio una primera capa hecha de hospitalidad y de equilibrio. Venus, tu regente, no te reparte simpatía hueca. Te enseña que tu primer contacto con el mundo es la armonía: sabes leer los matices que otros pisan, distingues a quien viene a quejarse de quien viene a confesar, ajustas el aire de una habitación sin que nadie te vea hacerlo. Otros lo llaman complacencia; es un oído finísimo para el desequilibrio, una alergia física al portazo. La trampa no es ser amable, aunque te lo echen en cara. Es confundir la paz con tu propio silencio: poner té para todos mientras tu voz se queda fuera, sostener la calma de la sala al precio de no decir lo que a ti te pesa, y desaparecer de la balanza que tú misma sostienes. Ahí tu diplomacia deja de unir y empieza a borrarte. Está permitido entrar tú también en la sala que abriste, sin pedir perdón por estar. La diplomacia que repartes a los demás, repártetela a ti; un acuerdo donde tú no cuentas no es equilibrio, es desaparición educada.