Las balanzas romanas de mercado no buscan la simetría de un golpe: el comerciante desplaza el contrapeso un milímetro, el platillo baja un poco, entrecierra los ojos y vuelve a mover, hasta que la cosa queda fiel. Tú llegas al equilibrio por ese camino. Naciste con el Sol en Libra, y se nota en cómo decides: por la ruta larga, no porque dudes, sino porque escuchas más voces de las que la mayoría se permite oír. Lo que los demás leen como indecisión es en realidad un oído fino para lo que no se dice, para el medio tono que separa la cortesía de la franqueza, para el gesto que decide si una cena se vuelve cercana o se queda en charla. Venus, tu regente, te dio ojo para la justicia, no para la simetría fácil. Por eso pesas a cada parte antes de fallar, y por eso a tu lado la gente siente que por fin alguien la escuchó entera antes de decidir. Pero ahí mismo está el filo: a fuerza de querer un fallo que no deje a nadie dolido, acabas retirando tu propio peso de la balanza, como si tú fueras el único platillo que puede ceder sin que se note. Se nota. Una mesa donde todos quedaron contentos menos quien la sostiene no es un acuerdo justo, es un acuerdo incompleto. Tu voto cuenta en el reparto que tú misma diriges. Antes de cerrar el siguiente, párate a preguntarte qué pedías tú, y trátalo como una de las partes que hay que dejar conformes.