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Ascendente en Escorpio

Tu puerta está siempre entornada, con el cerrojo a la vista, y la gente lo nota antes de que digas nada: aquí no se entra sin una contraseña que tú vas decidiendo en silencio mientras el otro habla. Hay una intensidad en tu mirada que llega antes que tus palabras, una manera de no responder enseguida que los demás leen como profundidad o como amenaza, según lo valientes que vengan. Subiste al mundo con el Ascendente en Escorpio, y eso te dio una primera capa que no se abre por cortesía. No es frialdad. Es que aprendiste pronto que tu interior pesa demasiado para dejarlo a mano de cualquiera. Plutón y Marte, tus regentes, no te reparten oscuridad gratis. Te enseñan que tu primer contacto con el mundo viene protegido por diseño, y que quien cruza el cerrojo recibe a alguien que no se entrega en trozos sueltos: te da el bloque entero o no te da. Esa reserva no es miedo, es saber lo que vale lo que guardas. La trampa no es la desconfianza, aunque te la echen en cara. Es confundir el cerrojo con tu identidad: dejarlo puesto incluso cuando ya estás a salvo y la otra persona se ganó la entrada limpiamente. Ahí el cerrojo deja de protegerte y empieza a dejarte solo. Está permitido aflojar la puerta sin abrirla del todo, dejar que entre quien ya probó que sabe estar. El cerrojo también necesita descansar; no le quitas fuerza por dejarlo dormir cuando no hay nada que vigilar.