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Luna en Cancer

Las casas con cocina de leña conservan, mucho después de que el fuego se haya apagado, un calor metido en las paredes que sigue acompañando hasta el amanecer, y quien duerme cerca lo nota en la espalda sin saber por qué descansa más hondo. Tu manera de sentir es esa pared. Llevas la Luna en su propia casa, en Cáncer, y eso significa que no olvidas: recuerdas cómo te trató la gente hace quince años, el olor de la casa de tu infancia, el tono exacto con el que alguien dijo algo que todavía te conmueve o te escuece. El cuerpo te avisa antes que la cabeza, lee la temperatura de una sala antes de que te quites el abrigo. Otros lo llaman susceptibilidad; es una memoria emocional de alta resolución que casi nadie tiene. No es que sientas demasiado. Es que sientes con más detalle y por más tiempo. La Luna, que rige aquí en su propio terreno, no te empuja hacia fuera a conquistar: te enseña que te ordenas cuidando, que lo que sostienes te define más que lo que ganas, y que necesitas un sitio al que volver. Por eso la gente baja la guardia a tu lado sin saber por qué. De niño te dijeron que sentías de más, y se equivocaron de aviso. Lo tuyo no es sentir mucho: es llevarte a casa el ánimo de los demás como ropa que te pusieron sin preguntar, hasta que ya no sabes cuál de esos climas es tuyo. No te pido que cierres la puerta, sería pedirte que dejes de querer. Te pido que, al final del día, separes qué emoción nació en ti y cuál solo se te pegó del ambiente, y que te guardes calor para ti.