Hay una hora en las cocinas viejas, cerca de las nueve de la noche, en que todo lo del día se condensa en un olor que no tiene nombre pero que cualquiera reconoce: a sopa que ya se hizo, a luz baja, a alguien que está por llegar. Tú llevas esa hora puesta por dentro. Naciste con el Sol en Cáncer, y se nota en cómo el mundo te entra primero por el cuerpo: por las paredes que eliges, por los olores que sabes ordenar, por la temperatura de una sala que captas antes de quitarte el abrigo. Lo que los demás leen como susceptibilidad es en realidad una memoria larga, fina, que recuerda cumpleaños que ellos olvidaron y lee el cansancio en el tono de voz a tres palabras de empezar. La Luna, tu regente, no te empuja a salir a conquistar. Te enseña que la identidad se construye hacia dentro, en círculos: lo que cuidas te define más que lo que ganas. Por eso la gente baja la guardia contigo sin saber por qué, y por eso vuelven. De niño quizá te dijeran que sentías demasiado, pero esa nunca fue la herida. La herida es más fina: un día estás sosteniendo a todos y descubres que tu propia cocina se enfrió sin que lo notaras, que tienes a la gente caliente y a ti a la intemperie. Cuidar no es lo mismo que cargar, aunque en tu cuerpo se parezcan tanto. Abrir la puerta sin entregar la llave es tu oficio, y alimentar sin quedarte sin pan. Cuida lo que quieras, faltaría más. Solo, al final del día, pregúntate qué olor tiene tu cocina cuando entras tú, y guárdate un plato.